Con la paridad, el acople irá en alza. Atención, no se trata de un índice de la Bolsa, sino de una posible consecuencia en el ámbito político local por la integración de las listas de candidatos en un 50% y 50%, entre hombres y mujeres; como se está exigiendo en una campaña mayoritariamente femenina a nivel nacional. Y sería en perjuicio, precisamente, de quienes la impulsan, por lo menos en Tucumán.

Es que la búsqueda de una reivindicación de género puede derivar, en el marco de la legislación electoral provincial y de las picardías en épocas de comicios, en que las damas cubran la mitad de las postulaciones en una boleta, pero que esa integración no se refleje eventualmente en la composición institucional de la Legislatura o de los Concejos Deliberantes. En los cuartos oscuro, mitad y mitad; en el reparto de espacios institucionales, vaya uno a saber.

Para hacerla corta: no sólo bastaría con lograr esa aspiración por ley para que puedan ser más las mujeres que ocupen bancas, sino, además, se necesitaría impulsar modificaciones colaterales en la legislación electoral que así lo garanticen. Caso contrario, la historia volverá a repetirse. Así que, atención “muchachas mías” -como decía en el siglo XX Tita Merello-, no vaya a ser que lo que se les conceda por un lado, les sea quitado por el otro. Cuidado con el dulce.

De hecho, la Ley Nacional de Cupo Femenino (24.012, promulgada en noviembre de 1991), fijó en un 30% de mujeres en la composición de las nóminas, pero no garantizó la verificación de igual porcentaje de legisladoras en los cuerpos parlamentarios locales. Nunca. En Tucumán, desde 1991 a la fecha, con dos reformas constitucionales y un olvido -ya lo veremos más adelante-, jamás hubo una representación femenina con ese porcentual en la Legislatura.

De una a 13

En el período 91-95 hubo una sola parlamentaria entre 40 pares (no estaba en vigencia el cupo provincial): Josefina Fariña de Ceballos (Fuerza Republicana). En 1994, durante la gestión de Ramón Ortega, se aprobó la ley 6.592 que disponía: las listas deberán tener mujeres en un mínimo del 30% de los cargos a elegir y en proporciones con la posibilidad de resultar electas.

Entre el 95 y el 99 hubo ocho (el 20%); y entre 1999 y 2003 hubo 10 bancas ocupadas por mujeres (25%). En los comicios de 2003, con la explosión de los sublemas, sólo accedieron a la Cámara cinco parlamentarias (Beatriz Ávila, Marta Zurita, Olijela Rivas, Paula Khoder y Angélica Manzanedo, todas del peronismo), lo que significaba un 12,5% del total. En los períodos siguientes, 2007-2011 y 2011-2015 (ya con la Legislatura ampliada a 49 miembros), accedieron 12 mujeres en cada uno: un 24,4% del total. Mientras que el año pasado lograron arribar al recinto legislativo 13 mujeres (26%). Jamás alcanzaron, o superaron, ese 30%. En la teoría era un piso y en la realidad se convirtió en un techo.

Un detalle de color en el medio de tanto porcentaje: en las últimas cuatro elecciones provinciales, en San Miguel de Tucumán siempre se impusieron listas encabezadas por mujeres: Beatriz Ávila (2003), Susana Montaldo (2007), otra vez Beatriz Ávila (2011) y Silvia Elías de Pérez (2015). Y si en la provincia no se pudo rozar ese “mágico” porcentual del 30% en el ámbito legislativo, en el Congreso ocurre todo lo contrario; la representación femenina en ambas cámaras supera ese valor: 41% en el Senado y 38% en Diputados.

Cinco de 13

¿Qué ocurre entonces en Tucumán que esa barrera no se puede sortear? Por ahora, los muchachos y el acople, que indirectamente vino funcionando como tapón a las aspiraciones de las compañeras, correligionarias y camaradas. Por este sistema, vigente desde 2006 a partir de su incorporación en la Constitución provincial, el número de partidos políticos tuvo un crecimiento casi exponencial. No porque se haya producido un masivo enamoramiento por la actuación política a través de los partidos, sino porque las ambiciones personales conspiraron contra las propias organizaciones.

Estas pasaron a ser un medio para armar una lista y presentarse a una elección. Tener una sigla propia, comprada o alquilada, fue fundamental, ya que liberaba a los dirigentes de mantenerse aprisionados y acotados a una estructura partidaria. El PJ es el caso más emblemático: fue la columna vertebral de un frente electoral y, sin embargo, gran parte de sus afiliados logró una banca por fuera de su estructura, a través de otros partidos, acompañando a los candidatos a gobernador y vice del PJ. El acople lo hizo.

En los comicios de 2015 se presentaron 94 listas de candidatos a legisladores en toda la provincia; de ese total, 27 lograron imponer al menos una persona en una banca. Y de este último número, sólo cinco boletas fueron encabezadas por una mujer. Las otras ocho -del total de 13 parlamentarias actuales- llegaron por el cupo. O sea, las ubicadas en el “tercer término” de la lista, ya que la mayoría de las boletas instalaron en esa posición a una mujer. Ni primeras, ni segundas; terceras. Y únicamente para respetar el cupo del 30%, a los fines de que los dos primeros “hombres” tengan más facilidades de resultar electos. Lo cual sucedió.

Segundos sí, terceros no

¿Qué puede esperarse entonces si se concede el 50% que demandan las damas? Que los hombres que deban ir en la tercera posición -a los que la normativa actual les permite ir segundos- prefieran salir por otra nómina para no perder la chance de llegar a una banca. O sea, preferiría salir por otro partido, por otro acople, antes que “ir detrás de una falda”.

El año próximo, de aprobarse las solicitudes de reconocimiento que están en la Junta Electoral, habrá más de 1.000 partidos en la provincia. Ante tamaña cantidad de organizaciones “disponibles”, la aprobación del “50-50” puede disparar una carrera de los “muchachos” para hacerse de una sigla para contar con boleta propia en 2019. Falta mucho, pero los madrugadores están prestos a conseguir un partido para acoplar.

Si no pueden ser segundos, y si la ley le impone ser terceros sin chances de salir, la alternativa es apartarse y ser primero para tener alguna posibilidad de triunfo. O sea, acople propio, bien de varoncitos.

De suceder así, implicará la rupturas de sociedades políticas y la aparición de otras nuevas. Ecuación: con la paridad, acople en alza. Por eso, más allá del fifty-fifty, las mujeres deberán contemplar una acción que abarque una reforma política más amplia. Es así porque una alternativa es que frente a la legislación electoral actual -como se señaló- las mujeres intercalen puestos en las listas y finalmente no accedan a las bancas; con lo que la iniciativa terminaría de producir el efecto contrario al deseado.

La demanda por la paridad de género, entonces, debería reflotar y actualizar con más fuerza el debate por la continuidad, la eliminación o la modificación del régimen de acople. El posible nuevo esquema de distribución de puestos en las listas lo plantea.

Olvidos y bises

En la iniciativa del Poder Ejecutivo “Tucumán dialoga”, donde se propusieron decenas de cambios a la legislación electoral de la Provincia, el único trabajo que mencionó el tema del “cupo femenino” fue el de la Junta Electoral Provincial (JEP).

Allí se indicó (tras numerosos datos interesantes para el que se preocupa por esta temática) que es necesaria la adopción de una medida adicional que logre reflejar la participación real de las mujeres a través de un criterio que profundice la aplicación del cupo femenino. Y proponía, casi adelantándose al actual debate, que uno de los dos primeros lugares de una lista debía contener como mínimo a una mujer.

Así como este organismo se acuerda de la mujer, otros registran lamentables olvidos. Eso fue lo que ocurrió en 2007 cuando, con la sanción de la nueva Ley Electoral (7.876), se eliminó la norma que garantizaba la presencia femenina en las listas en un 30%. ¿Olvido intencional o inconsciente? Lo cierto es que por una la decisión de la JEP de adherir a la mencionada Ley Nacional de Cupo Femenino (el mismo organismo lo recuerda en su propuesta para el citado “Tucumán dialoga”) es que en las boletas provinciales se respetó luego la presencia de mujeres en un 30%.

Posteriormente, en mayo de 2015, la Provincia promulgó la Ley 8.783, para modificar el régimen electoral, incorporando el artículo 26 bis: Las listas no podrán incluir más del 70% de personas de sexo masculino, debiendo ubicarse cada dos candidatos de sexo masculino, uno de sexo femenino, alternando desde el primero al último lugar.

Aspecto clave

En la semana que pasó se presentaron dos proyectos sobre paridad de género en la Legislatura, uno más completo y preciso que el otro; y que apuntan al artículo 26 de la referida Ley 7.876, estableciendo la cobertura del 50% de los cargos por mujeres. El que lleva la firma de 10 parlamentarias tiene la previsión de establecer que en caso de fallecimiento, renuncia o incapacidad de una candidata, antes o después de los comicios (y esta aclaración es la clave), debe ser reemplazada por la mujer postulante que le siga en la lista. En la normativa nacional vigente de cupo femenino este detalle no está contemplado, por lo que los cargos vacantes por las dimisiones de diputadas electas, o no, son cubiertos por los varones que le siguen en la boleta.

Ahora bien, de aprobarse la paridad de género en Tucumán, puede ocurrir una “rareza” electoral, además de los pícaros que piquen en punta para apropiarse de un partido para “acoplar”. Consiste en que haya listas completas de mujeres, sin varoncitos. Y sería legal, porque la norma habla de cupo femenino, no masculino. Ya hay muchachos que están observando con inquietud esta variante y que están deslizando la posibilidad de hacer planteos en la Justicia por discriminación hacia los hombres. Sí, toda una rareza también.

En este marco, el senador bonaerense Sebastián Galmarini (Frente Renovador) remarcó que ninguna ley puede garantizar el mérito de las mujeres, pero tampoco de los hombres, para ocupar cargos políticos. Y otro político, un riojano tuiteó el miércoles: ta buena la paridad de género pero con límites al nepotismo, sino, más que cupo femenino lo que aumenta es el cupo “familiar” (Jorge Yoma - @NegroYoma). Visiones particulares e irónicas para tener en cuenta también en la discusión por la paridad de género.